Ancestrales y carromatos
Vendiendo humo desde los carromatos del viejo oeste hasta las redes sociales
SATURNO EN LAS REDES
Óscar Ocaña
6/20/202613 min read


Saturno enloqueció. Mató a su padre y temió sufrir el mismo Destino de manos de alguno de sus hijos. Enloqueció. Cayó en la paranoia. No pudo quitarse de la mente ese único pensamiento, y fijó su mirada y sus actos en él hasta que la propia paranoia lo devoró así como él devoró a sus hijos.
Por eso estos artículos serán en sábado, el día de Saturno.
Mientras devoramos las redes caemos en ellas y somos devorados por ellas.
Y ya pasó antes...
El 5 de enero de 1916, los habitantes de San Diego recibieron un regalo de Reyes Magos muy esperado; lluvia. Días antes, en Año Nuevo, Charles Hatfield y su hermano Joel terminaban una torre de madera desde la que comenzaron a aspersar su fórmula secreta de veintitrés químicos que atraería la lluvia que llenaría la presa local y que les supondría un pago por los servicios prestados de 10.000 dólares de aquellos días. La alegría fue inmensa; la gran sequía llegaba a su fin, y durante cuatro días llovió y llovió. Al quinto, la lluvia comenzó a ser torrencial, desbordando cauces secos desde años atrás y cortando vías de comunicación férreas y telefónicas y telegráficas. Comenzaba una gran inundación que culminó con la rotura de la presa el 27 de enero, dejando millones de dólares en daños, vidas perdidas y familias arruinadas. Aún así, Hatfield reclamó su pago. El Ayuntamiento de San Diego le exigió, a su vez, que cubriera los daños de la ciudad, y aunque parezca mentira, la cosa terminó en los tribunales, donde años después se decidió que ni el Ayuntamiento debía pagar ni Hatfield era responsable de la catástrofe, solo un oportunista.
Hatfield solo seguía una tradición estadounidense muy antigua, que para ser justos heredaron de los europeos. En la Exposición Mundial de Chicago de 1893, Clark Stanley presentó su aceite de serpiente, un remedio mágico y milagroso, pero muy científico, eso sí, que incluía grasa de serpiente y curaba prácticamente todos los males que preocupaban en esos tiempos, como el reumatismo o la propia mordedura de serpiente. Este tónico maravilloso le valió el apodo de El Rey de la Serpiente, y lo vendió pueblo a pueblo de toda la nación estadounidense subido a un carromato y rodeado de un espectáculo sin igual. Como no era el único que comercializaba y vendía los llamados patent medicines (remedios patentados), de los cuales no se sabía ni los ingredientes ni la fórmula, dado que el atractivo principal de cada uno de ellos era precisamente el secreto, y el riesgo contra la salud pública se disparó, el Gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica aprobó en 1906 la Ley de Pureza de Alimentos y Medicamentos. Cuando el remedio de serpiente de Stanley fue analizado se descubrió que llevaba muchas cosas, entre otras aguarrás, pero nada de serpiente. La cosa terminó con una multa al Rey de la Serpiente por valor de 20 dólares. La investigación comenzó en 1916, en la misma fecha en la que San Diego se ahoga y Hatfield se atribuía el mérito y pretendía cobrar por ello. La multa se impuso en 1917.
Once décadas después, no ha cambiado apenas nada, salvo el escenario. En 2013, Belle Gibson lanzó su aplicación The Whole Pantry (La despensa completa). Después de ser diagnosticada de cáncer se salvó gracias a una serie de prácticas ancestrales de vida sana y natural. Alimentos sin procesar, recetas y meditación, y no la quimioterapia, salvaron su vida y su salud. Publicó libros, logró seguidores, patrocinó marcas y eventos, donando a organizaciones benéficas sus beneficios. Solo que nada, absolutamente nada, era cierto. Salvo el dinero logrado, eso sí. Un dinero que no fue donado nunca a nadie. El cáncer de Gibson nunca existió, y sus remedios no eran más que patrañas rodeadas de un nuevo lenguaje que se comenzaba a instalar en la conciencia colectiva. Palabras como 'ancestral', 'natural' u 'orgánico' eran gancho y de connotación positiva. Palabras como 'gobiernos', 'farmacéuticas' o 'sintético' eran repulsivas e invocaban la conspiranoia. 'Lo que los lobbys no te cuentan', 'lo que no quieren que sepas', 'el secreto de los indios/hindúes/mayas/ etc que te ocultan' eran frases que comenzaban a oírse al comenzar un reel o vídeo de los nuevos artistas del carromato... Pero el carromato ahora era tu propio smartphone. Clark Stanley fue condenado en 1917 a 20 dólares de multa y justo cien años después, en 2017, Gibson fue condenada a una multa de 400.000 dólares por fraude y conducta engañosa. Una fracción de lo ganado a costa de convencer a gente desesperada para que abandonara sus tratamientos médicos, los cuales podían haber salvado su vida, o al menos haberla mejorado un tiempo.
¿Y qué escuchaban aquellas gentes que se acercaban al ruido de fiesta que rodeaba a los carromatos cuando Clark Stanley comenzaba a hablar? Pues que los indios hopi de Arizona, con los que convivió dos años, le enseñaron el secreto del remedio que traía hasta sus manos.
Seamos justos con El Rey de la Serpiente. Él tenía que viajar hasta los pueblos y ciudades, y atraer hasta su persona a los potenciales clientes. Los mil y un príncipes de la serpiente herederos de Stanley que hoy día nos venden los derivados del aceite de serpiente, no necesitan ir a una plaza y hacer ruido para que vayas a escuchar lo que tienen que mentirte... Perdón... Lo que tienen que decirte. Ahora se cuelan con la llave maestra del algoritmo en tu pantalla y directamente te lo cuentan. Ahora los indios hopi de Arizona no son ni exóticos ni místicos. Hopi suena a mueble sueco que te tienes que montar y Arizona para el común de los mortales lleva a confusión entre Estados Unidos de Norteamérica y México. Pero no pasa nada, a los nuevos príncipes les queda el Himalaya, las tribus amazónicas y el sempiterno misterioso antiguo Egipto.
'No hemos inventado nada', dice una canción de Víctor Manuel San José, y es bien cierto. Pero ya ni siquiera reinventamos, tan solo lo pintamos un poco por encima. Clark Stanley llegaba rodeado de un gran espectáculo. Sus carteles anunciadores tenían mucha ilustración y poco texto, dado que la mayoría de la población de entonces era analfabeta. Era visual, muy visual. Luces de gas, tragafuegos y colores vivos resaltando alrededor de la pulcritud de su traje blanco, todo pensado para contrastar con el mundo gris, sin luz y sin animación que rodeaba a los habitantes de aquellas tierras, y que los deprimía. Así llamaba su atención, mostrando un mundo totalmente opuesto al real. Ahora te presentan ambientes naturales, el vendedor del carromato convertido en feed, se muestra en un entorno edénico, un jardín, un estanque o vegetación sana y exuberante. Está tranquilo, es bello, o bella, y sonríe, no grita como Stanley, ni habla a la multitud, porque te habla solo a ti. Y aunque esto parezca todo lo opuesto al espectáculo de Stanley es precisamente lo mismo, exactamente lo mismo. El Rey de la Serpiente mostraba un mundo totalmente ajeno a lo que se vivía en el momento, que era soledad y carencia. Ahora el exceso de multitudes en la nube nos hace necesitar soledad y aislamiento, nada de luces parpadeantes y sonidos estridentes; trinos de pájaros, colores sencillos y nada de tecnología. En tu pantalla, donde puedes acceder a cualquier cosa, cualquier producto de cualquier rincón del mundo, el príncipe de la serpiente te ofrece algo que es solo para ti, te retira el peso de tener que elegir; elige él por ti. Stanley traía lo inalcanzable, los príncipes te retiran todo lo que está a tu alcance y te confunde, y ponen delante lo único, el Grial Santo que te sanará.
Del mismo modo, Stanley hablaba de la nueva ciencia médica, infame e inhumana, alejada de Dios y del alma, que comprimía química en pequeñas píldoras y te envenenaba, que te sangraba, causaba dolor y mataba la empatía. En cambio el te ofrecía una medicina pura, llegada de la Naturaleza o de los Dioses, según conviniera a la audiencia, que no podía ser dañina, que no dolía. Los príncipes siembran hoy la sospecha. Te dan cifras, te confunden y en tu confusión logran convencerte de que dicen verdad. La medicina y la farmacéutica no solo han perdido el alma, se la han vendido al demonio. Ahora ya no crean medicamentos malos que no curan y que dañan el espíritu y el cuerpo, ahora la medicina inventa enfermedades para obligarte a comprar la cura. Los miles y miles de negacionistas de vacunas o de la Covid insisten en que son creaciones bien gubernamentales, bien empresariales, bien mixtas, para generar un gasto en la población mundial. No solo obvian los datos, también obvian la lógica, pues ¿cuánta gente se necesita para crear una conspiración de tal magnitud?, y ¿con qué fin? El número de personas que deben participar, y que según ellos participan, en tales conspiraciones es tal que no podría calificarse de conspiración. Pero la palabra 'gobiernos' es tan abstracta que excluye a todos aquellos cientos de miles de personas que a lo largo de apenas media década participan en los miles de Gobiernos que legislan o participan en la vida ciudadana, y lo reduce a una imagen brumosa de un puñado de personas reunidas alrededor de una gran mesa, manejando los designios del mundo. Logran, al cabo, lo mismo que Stanley cuando tal vez con un gesto vago de la mano señalaba a lo lejos, no a un punto concreto, solo a un allá, y hablaba de los mandamases de Washington, como algo abstracto.
Y en un tiempo donde todo es veloz, donde los hechos acontecidos hace apenas dos años ya son acontecimientos históricos en nuestra mente, hablar como hablan los príncipes de la serpiente de 'sabiduría milenaria' no te retrae al año mil, ni al 460 aC, fecha de nacimiento de Hipócrates, padre de la medicina. Hoy día hablar de milenios es hablar de eras. Así pareciera que los príncipes trajeran sus remedios de civilizaciones anteriores a la especie humana. A Stanley le bastaba con hablar de unas décadas atrás.
No es el único truco que sobrevive de aquellos días. Los remedios de carromato siempre mostraban el milagro en directo. Un pobre lisiado que pasaba por allí, que desde luego no era del pueblo, se acercaba dubitativo y desconfiado al buen doctor de aspecto sureño y tomaba el frasco, daba un trago, ponía cara de repulsión y acto seguido, tras una tos o una arcada, soltaba sus muletas y corría por la calle. Puede parecer irrisoría la escena hoy en día, pero lo cierto es que tragamos con el mismo cuento. De hecho, no hace falta que el gancho lleve muletas. No hace falta ni que contrates a alguien para que se haga pasar por cojo. Basta con crear un buen puñado de perfiles falsos y publicar en tu reel algunos testimonios milagrosos y agradecidos.
El carromato partía con presteza después de colocar cuantos litros pudiera de su mejunje. Con la excusa de que debía conseguir materias primas, o de que le esperaban en Tumbuctú, salía sin más, y cuando aquel jarabe hecho con alquitrán o lejía no solo no curaba, sino que generaba una crisis de salud en el pueblo, ya estaba lo bastante lejos como para poder ser reclamado. Hoy te ofrecen una venta rápida de un libro, un producto o un curso. Si no lo aceptas ahora lo pierdes, se te escapa. Te dan un descuento de teletienda de los años setenta, donde todo estaba rebajado al cincuenta por ciento, que es como decir que te podemos cobrar el doble pero te cobramos lo mismo y te decimos que está a la mitad. Cuando te ofrecen, por ejemplo, agua pura de mar embotellada libre de nitrógeno, y te aparece una foto de la botella en cuestión con un 100 como precio y luego un 50, ese 100 inicial no obedece a ninguna comparativa de mercado. No te cuentan que esa misma botella, vendida por otro príncipe cuesta 100, y ellos te lo ofrecen a 50. Tampoco tienes tiempo de buscar y comparar con otras aguas de mar pura libres de nitrógeno... El feed se acaba, y se pierde. Es ahora o nunca. Y mañana es tarde para reclamar; el carromato está ya camino de Tumbuctú...
En 1916, por tanto, San Diego sufre el Diluvio y Hatfield pide su bolsa de oro. En 1917 se multa a Stanley con 20 dólares. Y en 1918, por si la I Guerra Mundial no hubiese bastado, se desata la pandemia de gripe mal llamada española.
Caldo de cultivo para conductores de carromato, que ahora se vestían con elegancia aristocrática y se ponían nombres de resonancia rusa. No era casual. Toda la familia real rusa había sido ejecutada, y tener aspecto aristócrata y apellido eslavo te daba una pátina de credibilidad y honradez. Estos nuevos charlatanes no ofrecían curas al dolor físico. Daban consuelo al dolor emocional. Madres, padres, esposas y esposos que habían perdido de forma trágica en la gripe, la Gran Guerra o las crisis económicas subsiguientes, deseaban por encima de todas las cosas poder despedirse o tener unas últimas palabras con sus seres queridos, o saber con certeza que se encontraban en un lugar mejor. Mediums de ambos sexos montaban reuniones para poner en contacto a los vivos con los muertos, y el mesmerismo hizo furor generando la creencia de que todos estamos conectados por una fuerza (entonces el magnetismo estaba en boga y esa era la palabra que seguía siempre a 'fuerza'), al modo de los Jedi de Star Wars, y ofrecía curas y, cómo no, contacto emocional con tus seres perdidos. Lo mejor de estos estafadores es que podían adaptarse a cualquier estrato social. Si era muy pobre, por un par de huevos de gallina o una moneda pequeña podías acudir a una tienda de campaña hecha con una manta estampada donde una señora con un turbante nacido de una bufanda vieja, te decía que tu amado Joseph estaba en paz y que te daba permiso para casarte con el panadero. Si tenías mucho dinero acudías a una cena de postín con tus mejores joyas, tomabas el licor de moda o un Oporto, si eras más conservador, y al final de la velada te retirabas a un saloncito íntimo donde la anfitriona, con un turbante comprado en una tienda de souvenirs de Tanger y exportado por Stanley And Cia, te decía que Mr Joseph estaba en paz y que te daba permiso para casarte con Lord Hatfield. No pagabas, eso sí, dos huevos de gallina.
En medio de esta jauría de gente sin escrúpulos ni alma, apareció Harry Houdini. Él fue de los primeros en definirse como ilusionista, no como mago. Los magos de circo de ese momento, así como los Clark Stanley, solían hablar de magia ancestral aprendida en el lejano oriente. No pretendían engañar, pues ofrecían un espectáculo por el que la gente pagaba, y era lo que recibía, con mayor o menor aceptación. Decir que era magia auténtica le daba alegría al asunto. Houdini probó con lo contrario, con el misterio de aclarar que era todo una ilusión, pero que no fueras capaz de adivinar cómo se lograba esa ilusión. El efecto fue magnífico. Era aún más admirable. Al fin y al cabo, si te vas a Pakistán y un anciano te enseña un conjuro para que flote una rubia platino, tampoco tiene tanto mérito. Pero si logras articular un truco para que parezca que la rubia flote y el público no puede ver ni un resquicio del mecanismo, eso es genialidad.
Y Houdini despreciaba enormemente a los vendedores de magia, a los mesmeristas y medium. Si dices que eres mago y ofreces un espectáculo por el que se te paga, bien está. Al fin y al cabo él no se apellidaba Houdini; era para aumentar el misterio. Y le parecía bien que sus compañeros hicieran tal cosa, pues no jugaban con la ilusión de la gente; la alentaban y les ofrecían unos minutos de consuelo. Pero los mediums se aprovechaban del dolor ajeno, les mentían, ofrecían algo que no daban, se quedaban con el dinero, a veces el poco dinero que tenían, de sus víctimas y estas solían terminar con más dolor del que comenzaban. Harry formó parte de un comité de la prestigiosa Scientific American que ofrecía una recompensa a aquel o aquella que pudiese contactar con el más allá sin que su número fuese desmontado. El comité no pretendía demostrar la veracidad de los mediums, sino todo lo contrario. Houdini se presentaba a sesiones, a veces abiertamente, otras disfrazado, y repetía después la sesión desvelando los métodos que usaba para ello. Desenmascaró a muchos, y lo mejor no es que lo hiciera, es cómo lo hizo. No se refugió en conferencias donde denostarlos, ni en publicaciones. No dio charlas ni señaló. Se subió a los mismos escenarios. Lo hizo desde la orilla del río donde aquellos desalmados montaban su tejemaneje. Se vestía como ellos, hablaba como ellos y lograba lo que ellos. Los ridiculizó en su terreno. Les dejó elegir arma, hora y lugar en el duelo, y luego venció.
Las redes son el nuevo saloncito trasero donde hablar con la señora del turbante. Ya sea para que te cuenten algo sobre el agua de mar o demonicen sobre los 'químicos'. Necesitamos otro Houdini... ¡Ah, pero es que lo tenemos!
El escenario hoy es una pantalla donde en sesenta segundos te dicen que comer un pulpo crudo es lo mejor para tu apendicitis. Y hay alguien que se sube a ese escenario de sesenta segundos, y en esos sesenta segundos te desmonta el truco. Es por todos conocido cariñosamente como Farmacéutico Guille, y como Houdini se asoma a la pantalla, te enseña lo que dicen los mediums de hoy, los Stanley, y luego te explica que el agua es química, aunque la cree la Naturaleza, y que sigue siendo hidrógeno y oxígeno. Tiene humor, tiene ingenio y tiene cultura. Como Houdini, recibe amenazas e insultos. El ilusionista recibía a diario cartas por sacos, tanto de gente que le agradecía su labor y su presencia, como de odiadores que le deseaban lo peor. Hoy no necesitas ni siquiera un sello postal para hacer tal cosa.
Son necesarios Houdinis y Guilles. Lo serán siempre. Los tiempos cambian de escenario, pero no de trucos. Seguirá habiendo un Hatfield, un flautista en Hamelin que te ofrezca música mágica a cambio de una bolsa de oro. Seguirá estando en carromato del Rey de la Serpiente en la plaza, ya sea una plaza de pueblo o una plaza virtual en la nube. No debemos depositar nuestra esperanza en que Houdini se ponga una barba y desmonte el truco, o que Guille se quite la camiseta y demuestre con ese gesto la ridiculez del vendedor de humo del momento. Son necesarios, sí. Pero lo más importante es mantener el sentido crítico, la razón expuesta a los hechos, el análisis lógico.
Y si eso parece pesado y cansado, la próxima vez que te hablen del agua de mar sin nitrógeno para curar tu hepatitis por solo 50 euritos, recuerda lo que decían nuestras abuelas; 'Nadie da duros a peseta'

