'Las Brumas'; Terror en el teatro
Lee la historia completa de 'Las Brumas', un relato sobre superstición y miedos profundos, llegados desde Eras atrás, generación tras generación
LUNES DE TEATRO
Óscar Ocaña Parrón
7/5/202610 min read


'Las Brumas' es un corto teatral, de terror y suspense, ambientado en la Galicia de principios del Siglo XX. Ganó el Conurbano de Teatro, como guion de micro teatro. Pertenece a la colección de textos teatrales 'España; Año 1900', dónde comparte espacio con textos como 'Quejidos en el sótano', que ganó el Micro Teatro y Punto de Cáceres, o 'El fantasma del flujo eléctrico' y 'El muerto en la acequia' entre otros. Todos textos dramáticos, al estilo de relato corto, de temática de terror y fantasía.
A continuación tienes el texto completo
(El escenario es una planta baja de una casa. En la costa gallega, 1900. A la izquierda del escenario hay una mesa y un banco largo a su lado, de perfil al público. A la derecha un mueble para paños, encima del mueble un crucifijo de madera, sencillo pero grande, con una luz detrás que proyecta una sombra leve sobre el escenario. Al fondo del escenario, una ventana ciega. La entrada de la calle es a la izquierda. A la derecha se sale a la cuadra. Luz)
MARTINA: (entrando por la cuadra) Las vacas están como locas.
(Entran JUAN y MIGUEL por la puerta de la calle)
JUAN: (quitándose la zamarra) Hace un frío de mil demonios.
MIGUEL: Baja bruma de la montaña. Muy baja.
MARTINA: Mala cosa, esa bruma.
JUAN: Sólo es bruma.
(Los hombres se sientan)
MARTINA: Iré a por algo de leche.
(Sale a la cuadra)
MIGUEL: Te digo que no me gusta esa bruma. Viene baja, lamiendo los campos.
JUAN: Así los riega. Déjame en paz con tus miedos.
MIGUEL: Esa bruma la trae el diablo.
JUAN: El diablo ya tiene bastante con sus brumas en el Infierno.
MIGUEL: Yo sólo digo que no me gusta.
JUAN: Y yo te digo que te calles de una vez.
MIGUEL: ¿No me harás sacar el ganado con esa bruma?
JUAN: ¿Y por qué no iba a salir el ganado?
MIGUEL: Que coman hoy en la cuadra.
(MIGUEL mira por la ventana)
JUAN: ¿Qué te pasa?
MIGUEL: Está llegando a la casa.
JUAN: Lo que faltaba, con el frío que hace.
MIGUEL: Es como si saliese del suelo. Me da mala espina. Esas brumas no son normales.
(Entra MARTINA con un jarro de leche. Le sirve un vaso a cada uno, en el vaso de MIGUEL la derrama)
MARTINA: ¡Dita sea! Leche que se derrama, al diablo llama.
MIGUEL: ¡No mientes al diablo!
JUAN: Sólo es un poco de leche. Dejad ya esas tonterías.
MIGUEL: La bruma se nos ha metido en el huerto.
MARTINA: Mala cosa trae esa bruma.
JUAN: Sois los dos unos supersticiosos.
MARTINA: Por si acaso le pondré una vela a la cruz.
(Coge una vela de la mesa, de barquillo, la enciende con una cerilla, y la pone frente a la cruz)
JUAN: Ya tenemos más luz.
MARTINA: No te burles.
MIGUEL: ¿Os habéis fijado? La bruma apenas levanta medio metro del suelo.
MARTINA: (acercándose a la ventana) Esa bruma a plena luz del día no es normal.
JUAN: Vamos, Miguel, a sacar el ganado.
MIGUEL: De eso nada, Juan, yo con esa cosa ahí no salgo.
JUAN: Martina, ve tú, que este es tonto.
MARTINA: Ni hablar, me quedo aquí.
JUAN: Malditos seáis los dos, iré yo.
(JUAN sale por la cuadra)
MARTINA: Hay que ir a por agua al pozo.
MIGUEL: Qué yo no salgo, Martina.
MARTINA: No te va a pillar el diablo en el pozo. Anda, ve.
MIGUEL: Pues vaya ideas...
(MIGUEL sale a regañadientes por la puerta de la calle. MARTINA se pone frente a la cruz)
MARTINA: Señor, protégenos de esta bruma maldita, que sólo trae más que duendes y trasgos. Prometo ir a la iglesia y poner tres velas a Santa Eulalia, que es mi patrona.
(MARTINA se pone a limpiar. Al rato vuelve MIGUEL con un cubo de agua)
MIGUEL: Hay algo en esa bruma, lo he visto.
MARTINA: No me vengas con sustos, Miguel. ¿Qué has visto?
MIGUEL: Algo que se movía en la bruma. Un trasgo, tal vez.
MARTINA: Un trasgo no te hará daño.
MIGUEL: ¿Y si trae con él al demonio? Yo no vuelvo a salir ahí fuera hasta que se vaya la bruma.
MARTINA: Con el Sol que hace no tardará en desaparecer, no te preocupes.
MIGUEL: (moviéndose de un lado al otro del escenario) Juan no debía haber salido.
JUAN: (entrando) Y no lo he hecho, las vacas están nerviosas, las dejaremos en la cuadra.
MIGUEL: Hasta las vacas se dan cuenta de que algo malo pasa.
JUAN: Miguel, estás perdiendo los nervios.
MIGUEL: Es esa bruma la que me pone nervioso.
MARTINA: A mí también.
JUAN: Ni que fuese la primera vez que veis niebla.
MARTINA: Mi abuela, (santiguándose) que Dios la tenga en su Gloria, me contaba de niña que estas brumas venían cargadas de demonios que se llevaban a los niños.
JUAN: Lo único que traen estas nieblas son viajeros con ganas de robar gallinas, al amparo de la oscuridad.
MIGUEL: (dando un respingo) ¿Habéis oído eso?
MARTINA: ¿El qué?
MIGUEL: Un gruñido en la niebla.
JUAN: No seas estúpido, habrá sido un perro, nada más.
MIGUEL: A mí no me ha parecido un perro.
MARTINA: Hay algo ahí fuera.
JUAN: Estáis empezando a cansarme. Vamos a desayunar.
(Se sientan en la mesa y reparten el pan. El primero en beber la leche es MIGUEL)
MIGUEL: (con un gesto de asco) ¡Está cortada!
MARTINA: Madre mía. Es la niebla.
(JUAN cata la leche)
JUAN: Es cierto, está agria.
MARTINA: (levantándose alterada de la mesa) ¡Los duendes de la niebla han mirado la leche y la han agriado!
JUAN: ¿Qué tonterías dices?
MIGUEL: Es cierto, esa bruma trae duendes y trasgos.
JUAN: (levantándose a su vez) Os habéis vuelto locos los dos. Hemos visto brumas como ésta mil veces.
MIGUEL: Como ésta no.
MARTINA: Desde luego que no.
JUAN: ¿Y se puede saber en qué es diferente?
MIGUEL: En que no es normal, Juan. Ya hay Sol, tenía que haberse levantado.
JUAN: A veces tarda en levantarse, eso es todo. Puede tirarse todo el día brumoso, y lo sabéis.
MARTINA: ¿Y las cosas que se oyen?
JUAN: ¿Qué cosas? Sólo Miguel ha oído algo.
MARTINA: Yo también lo oigo.
MIGUEL: ¡Ahí está otra vez!
JUAN: ¡Se acabó! Voy a salir ahí fuera y demostraros que no hay nada en la niebla.
MARTINA: (agarrando a JUAN del brazo) ¡No salgas! ¡Te poseerá un demonio!
JUAN: (deshaciéndose de la mano de MARTINA) ¡Ya está bien, por Dios bendito!
(JUAN sale de la casa, furioso)
MARTINA: Va a pasar algo malo, lo sé.
MIGUEL: No pensemos en eso.
(MIGUEL se adelanta por delante del crucifijo en el escenario)
MARTINA: ¡No pises la sombra de la cruz!
MIGUEL: Maldita sea, no la he visto.
MARTINA: Acabas de invocar al demonio.
MIGUEL: ¡Escucha!
(Escuchan en silencio)
MARTINA: Debe de ser Juan, trasteando en el huerto.
MIGUEL: A mí eso no me suena a humano.
MARTINA: (ya histérica) ¡No debiste pisar la sombra de la cruz!
MIGUEL: ¡No lo vi, maldita sea!
MARTINA: ¿Por qué no se levanta la bruma?
MIGUEL: Porque ha venido a por nosotros, a por nuestras almas. Y la de Juan será la primera que se llevará.
MARTINA: Debemos protegernos.
MIGUEL: ¿Cómo?
MARTINA: Tranquemos la puerta con la mesa.
MIGUEL: ¿Y Juan?
MARTINA: ¡Juan está perdido! ¡Vamos!
(Entre los dos colocan la mesa frente a la puerta de salida)
MIGUEL: ¿Y ahora qué?
MARTINA: Hay que protegerse de los demonios. Trae un trozo de yeso.
MIGUEL: ¿Yeso? ¿Para qué?
MARTINA: Para dibujar un círculo.
(MIGUEL sale a por el yeso a la cuadra. MARTINA toma la vela y va al centro del escenario, dejando caer gotas de cera en el suelo)
MIGUEL: (Entrando) Ya lo tengo.
MARTINA: (ignorándole) Buena Santa Eulalia bendita, protégenos con el fuego sagrado que te hizo mártir. (Deja la vela en el suelo) ¡Dame el yeso!
(MIGUEL se lo entrega, y MARTINA dibuja un círculo amplio alrededor de la vela)
MIGUEL: ¡Lo he vuelto a oír!
MARTINA: ¡Duendes y tragos, Santa Eulalia me protege!
(Se oyen golpes en la puerta. Los dos están aterrorizados)
JUAN: (en off) Abridme, ¿qué demonios estáis haciendo?
MARTINA: ¡Aléjate de aquí, Demonio!
JUAN: ¿Qué sandeces dices?
MIGUEL: Parece la voz de Juan.
MARTINA: Es un demonio que ha tomado su cuerpo.
JUAN: (furioso) Abrid ahora mismo la puerta.
(MIGUEL da un paso hacia la puerta, MARTINA le detiene)
MARTINA: Es un demonio, Miguel, no le abras.
JUAN: ¡Habéis perdido la razón los dos!
(Se oye un último golpe en la puerta y se hace el silencio. Pasan unos segundos)
MIGUEL: Ha sido la bruma, ha traído espíritus.
MARTINA: La bruma no pasará del mediodía, esperaremos aquí encerrados.
MIGUEL: ¿Y si intenta volver el demonio que ha poseído a Juan?
MARTINA: Tenemos la invocación de fuego a Santa Eulalia. No te preocupes.
(Entra JUAN por la puerta de la cuadra)
JUAN: ¿Os protegéis de los demonios poniendo una mesa en la puerta y no cerráis la cuadra?
MARTINA: ¡Vade retro!
JUAN: Deja de decir estupideces. Esta bruma os ha vuelto locos.
MIGUEL: Demuestra que no eres un demonio.
JUAN: ¿Eres tonto? ¿Cómo diantres te voy a demostrar eso?
MARTINA: Besa el crucifijo.
JUAN: Valiente sandez. No piso la iglesia y voy a besar una cruz. ¡Dejadme en paz!
(JUAN cruza la habitación, los otros dos se apartan de él. Devuelve la mesa a su sitio y se sienta)
MIGUEL: ¿Qué has visto ahí fuera?
JUAN: No un trasgo, desde luego.
MARTINA: Algo habría, digo yo.
JUAN: Un zorro.
(Pausa)
MIGUEL: ¿Cómo?
JUAN: Eso. Un simple zorro desorientado por la bruma. Ese era vuestro demonio.
MARTINA: Nunca oí que un zorro fuese un agente del demonio.
JUAN: Ningún animal es agente del demonio, Martina. Las cabras dan leche y lana, las vacas leche y carne, y los zorros unas pellizas preciosas.
MIGUEL: ¿Y qué has hecho?
JUAN: Espantarlo. No querrás que le meta en el gallinero.
(MARTINA se lleva aparte a MIGUEL)
MARTINA: No me fío.
MIGUEL: Déjalo ya, Martina.
MARTINA: No ha besado la cruz.
JUAN: Ni la besaré. Os estoy escuchando, la bruma no me ha vuelto sordo.
MIGUEL: Ha cruzado el círculo de Santa Eulalia, Martina.
JUAN: Esa es otra. Ya podéis ir limpiando eso.
MARTINA: El círculo se queda hasta que se vaya la bruma.
MIGUEL: Yo también estoy asustado, Martina, pero atendamos a razones.
JUAN: Ya me estáis cansando con tanta tontería.
(MIGUEL vuelve a adelantarse en el escenario)
MARTINA: ¡Cuidado con la sombra de la cruz!
MIGUEL: ¡No la he pisado!
JUAN: Tú y tus supersticiones, Martina. ¿Qué hay de malo en cruzar una sombra?
MARTINA: Nada, si la sombra no es la de una cruz.
JUAN: Digo yo que los discípulos de Jesús pisarían su sombra.
MARTINA: No seas blasfemo.
MIGUEL: Juan, no bromees con esas cosas.
JUAN: Ya está bien, los dos a limpiar este estropicio.
MARTINA: ¡Te digo que no!
MIGUEL: Lo podemos dejar hasta que se vayan las brumas.
JUAN: No pienso quedarme parado por mucha bruma que haya. Hay cosas que hacer. Vamos, Miguel, limpia eso.
(Silencio)
MIGUEL: ¿Por qué no lo limpias tú?
JUAN: Pero... ¿será posible? Yo no me he dedicado a pintarrajear el suelo.
MIGUEL: Yo no lo limpio hasta que no se vaya la bruma.
(JUAN se levanta de golpe y va hacia MIGUEL, que retrocede. Termina cogiéndole de la camisa)
MARTINA: ¡Suéltalo, por Dios!
JUAN: Vas a limpiar esa porquería ya mismo.
MIGUEL: Pero qué más te da esperar un poco. Sólo hasta que levante la niebla.
JUAN: Te digo que ahora. Ya estoy harto de brujerías y tonterías.
MIGUEL: Juan, me das miedo.
JUAN: (soltándole) No sois más que dos pueblerinos llenos de supersticiones. ¿De veras creéis que un círculo de tiza os puede proteger de un demonio? Ahí fuera no hay más que zorros, corzos y jabalíes. Salid a comprobarlo vosotros mismos.
MARTINA: Yo no salgo ahí fuera ni loca.
MIGUEL: Juan, admite que todo esto es muy raro.
JUAN: ¿Raro? Sólo es un poco de niebla.
MIGUEL: Entonces, ¿por qué se me pone la piel de gallina?
JUAN: Pues porque eso es lo que eres; un gallina.
MARTINA: Juan, danos el gusto de dejar el círculo hasta que se vayan las brumas.
JUAN: Nada de eso. Voy a echar el pienso a las vacas, cuando vuelva, quiero esto limpio, y nos pondremos con las tareas.
(Sale JUAN enfadado. MIGUEL sale y vuelve con un cubo y un trapo)
MARTINA: ¿Qué haces?
MIGUEL: Limpiar esto.
MARTINA: Hay que aguantarlo hasta que desaparezca esa niebla maldita.
MIGUEL: Ya has oído a Juan. Sólo es niebla, nos hemos asustado por nada.
MARTINA: ¿Y los ruidos?
MIGUEL: El zorro, ya lo dijo Juan.
MARTINA: ¿Tú has oído a algún zorro hacer ese ruido? Parecía un chirrido.
MIGUEL: No sé, Martina. Juan se enfadará si no lo tenemos limpio cuando vuelva.
MARTINA: Quiere que lo quitemos porque no tiene poder con el círculo dibujado.
MIGUEL: No empieces de nuevo.
MARTINA: ¡No quiso besar la cruz!
MIGUEL: Es que no me imagino a Juan besando una cruz. Escupe al suelo cuando se cruza con el señor cura.
(MARTINA pasea nerviosa. Pasa por delante de la cruz)
MARTINA: ¡He pisado yo ahora la sombra!
JUAN: (entrando) ¿Me llamabais?
MARTINA: ¿Lo ves, Miguel? En cuanto he pisado la sombra ha acudido.
JUAN: No seas estúpida, te oí gritar y vine a ver qué pasaba. (Mira a MIGUEL) ¿Aún no has limpiado eso?
MIGUEL: Me pongo a ello, Juan.
MARTINA: (aterrorizada) ¡No lo hagas, Miguel!
(JUAN se acerca a ella y la levanta la mano)
JUAN: Conseguirás un bofetón si sigues con esa histeria. (A MIGUEL) ¡Vamos! ¿A qué esperas?
(Por fin, MIGUEL se arrodilla, moja el trapo en el cubo y comienza a limpiar la tiza del suelo)
MARTINA: (sollozando) Nos condenas, Miguel.
JUAN: Con eso basta, déjalo.
MIGUEL: Apenas sí he limpiado una cuarta de tiza.
JUAN: Pero ya has roto el círculo.
MARTINA: ¡Santa Eulalia bendita!
JUAN: De nada te van a servir tus invocaciones, Martina.
MIGUEL: Entonces... ¿Eres un demonio?
JUAN: Mi nombre es Arioch, y soy un de los Duques del Infierno, el que viene con las brumas.
(MIGUEL trata de escapar a la cuadra, pero JUAN le corta el paso y le agarra del cuello)
MARTINA: ¡No! ¡Déjalo!
(MARTINA intenta coger por la espalda a JUAN, pero al tocarle retira la mano con un grito, como si se hubiese quemado)
MIGUEL: (con un hilo de voz) Por favor, mi alma no.
JUAN: A por vuestras almas he venido.
(JUAN estrangula con ambas manos a MIGUEL, que termina derrumbado en el suelo, muerto)
MARTINA: ¡No te acerques a mí!
JUAN: No podía tocaros. Si hubieseis conservado el círculo protector hasta que se fuese la bruma, yo habría vuelto a mis dominios y estarías libres. Juan fue un estúpido saliendo de la casa.
(Se lanza sobre MARTINA. La atrapa del cuello, como antes a MIGUEL. Oscuro)
Fin de 'Las Brumas'
Óscar Ocaña Parrón
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